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Verde, azul, rojo … actualmente tenemos palabras no sólo para los colores sino para sus tonalidades secundarias y https://i0.wp.com/lh4.ggpht.com/_X3txjtJd3AU/S2gR21AwPSI/AAAAAAAAAHU/qkGMV_x0jdo/505627474_4475484d23.jpgterciarias, pero no siempre fue así. El termino medieval ‘Sinopia’ se podía referir tanto al rojo como al verde al menos hasta el siglo XV.
¿Cómo podían fusionarse? En realidad la culpa la tiene la clasificación de los colores que hacían los griegos; los extremos eran el blanco y el negro, luz y oscuridad, el rojo y el verde eran colores medianos y por lo tanto equivalentes. Según esta escala se describía con la misma palabra la oscuridad de una nube con la de la sangre, o el brillo de un metal con el de un árbol. Curiosamente y a pesar de estar separados en la escala, amarillo y azul también compartían nombre,  ‘Caeruleum’.

Por razones que no están claras hoy en día, el mismo hecho se encuentra en lenguas eslavas, japonesas, africanas y americanas. Y aún hay más, el azul era sólo una variante del negro para los griegos; y los celtas, vietnamitas y coreanos no lo distinguían en términos de lenguaje del verde. Si a esto añadimos que el marrón y el gris tampoco tienen nombre en la mayoría de culturas… ¿quiere esto decir que algunos colores están discriminados?

Pues sí, y existe un ranking que lo demuestra. El blanco y el negro son los número uno y casi todas las culturas tienen nombres distintos para ellos, después le sigue el rojo y en la tercera posición verde y amarillo, en cambio, marrón, azul, gris, naranja y rosado parecen captar menos nuestra atención como humanos, ¿tendrá algo que ver con como vemos los colores?

Si se hace atravesar un rayo de luz blanca por un prisma se descompone en distintas ondas cuya longitud es diferente,  cada vez que vemos un color, en realidad lo que estamos haciendo es identificar una de esas ondas, las diferencias entre y otras son microscópicas del orden de nanómetros y un nanómetro es el resultado de dividir un metro en mil millones de partes iguales.  Es asombroso que cambios tan absolutamente pequeños sean los responsables de algo tan evidente para nosotros como los colores.

¿Dónde están el gris, el marrón o el rosado? ¿Acaso estos colores son productos de nuestra mente? ¿Es que nos los imaginamos? En realidad los colores que vemos no son sólo el producto de las longitudes de ondas distintas de la luz, por ejemplo una hoja intrínsecamente verde puede ser percibida de maneras muy distintas, por tanto cuando nuestro cerebro elabora un color lo hace a partir de varios ingredientes que recibe de las señales visuales.

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Dentro de nuestros ojos unos sensores reaccionan ante la llegada de los rayos de la luz, sólo tres tipos de receptores son necesarios, los que captan las ondas del rojo, del azul y del verde, para percibir toda la gama de colores, es decir, de mezclas de luz. Es el mismo sistema que se utiliza para obtener los colores en televisiones y pantallas de ordenador.
Existen dos tipos de células receptoras, tenemos 120 millones de bastoncillos y 5 millones de conos en cada retina humana. Los bastoncillos absorben la luz de todo el espectro visible, sin embargo no reconocen las distintas longitudes de onda ni por tanto los colores, y son sólo capaces de informar al cerebro de si hay luz u oscuridad. Estas células son las que empleamos para ver cuando la iluminación es escasa y por eso, en estas condiciones, nos cuesta tanto distinguir los colores.
https://i1.wp.com/campusvirtual.unex.es/cala/epistemowikia/images/thumb/e/ec/Fotopicos.png/288px-Fotopicos.pngLos conos se clasifican en tres tipos según su sensibilidad a la luz azul, verde y roja. Los conos de luz azul son menos sensibles que los otros dos tipos y esa es la razón por la que cuando está muy saturado nos parezca relativamente negro.  En último término esto podría explicar la reticencia histórica de diferentes culturas por considerar al azul un color. La combinación de estos tres tipos nos dan el resto de colores que contienen la luz.
Sin embargo el ojo humano hace algo más que captar longitudes de onda, es sensible también a la intensidad del rayo, es decir, a la cantidad de fotones que recibe, a eso lo llamamos brillo. Y especialmente sensible en particular a la longitud de onda del amarillo y por eso nos parece más brillante que el resto de colores.

Así nuestro cerebro construye algo llamado gris cuando nos llegan todas las longitudes de onda juntas pero a medio gas, luz blanca poco intensa. Y construye marrones cuando lo que recibe son rayos amarillos o naranjas a medio gas, poco brillantes, una especie de gris sucio salpicado de esas longitudes de onda. Pero además los rayos de los colores también se mezclan con la luz blanca, obteniéndose percepciones como el rosa, que no es más que rojo poco saturado, es decir, no puro.
Existen miles de colores producidos por estas combinaciones que nos resultan difíciles de catalogar, en cambio quizás una intuición nos ha llevado a lo largo de la historia a identificar fácilmente a los colores más puros.
¿Dónde acaba un color y comienza otro? Nuestras retinas son como una paleta de infinitas posibilidades, somos nosotros quienes creamos el color.

Verde, azul, rojo … actualmente tenemos palabras no sólo para los colores sino para sus tonalidades secundarias y terciarias, pero no siempre fue así. El termino medieval ‘Sinopia’ se podía referir tanto al rojo como al verde al menos hasta el siglo XV.
¿Cómo podían fusionarse? En realidad la culpa la tiene la clasificación de los colores que hacían los griegos, los extremos eran el blanco y el negro, luz y oscuridad, el rojo y el verde eran colores medianos y por lo tanto equivalentes. Según esta escala se describía con la misma palabra la oscuridad de una nube con la de la sangre, o el brillo de un metal con el de un árbol. Curiosamente y a pesar de estar separados en la escala, amarillo y azul también compartían nombre, ‘Caeruleum’.

Por razones que no están claras hoy en día, el mismo hecho se encuentra en lenguas eslavas, japonesas, africanas y americanas. Y aún hay más, el azul era sólo una variante del negro para los griegos; y los celtas, vietnamitas y coreanos no lo distinguían en términos de lenguaje del verde. Si a esto añadimos que el marrón y el gris tampoco tienen nombre en la mayoría de culturas… ¿quiere esto decir que algunos colores están discriminados?
Pues sí, y existe un ranking que lo demuestra. El blanco y el negro son los número uno y casi todas las culturas tienen nombres distintos para ellos, después le sigue el rojo y en la tercera posición verde y amarillo, en cambio, marrón, azul, gris, naranja y rosado parecen captar menos nuestra atención como humanos, ¿tendrá algo que ver con como vemos los colores?

Si se hace atravesar un rayo de luz blanca por un prisma se descompone en distintas ondas cuya longitud es diferente, cada vez que vemos un color, en realidad lo que estamos haciendo es identificar una de esas ondas, las diferencias entre y otras son microscópicas del orden de nanómetros y un nanómetro es el resultado de dividir un metro en mil millones de partes iguales. Es asombroso que cambios tan absolutamente pequeños sean los responsables de algo tan evidente para nosotros como los colores.

¿Dónde están el gris, el marrón o el rosado? ¿Acaso estos colores son productos de nuestra mente? ¿Es que nos los imaginamos? En realidad los colores que vemos no son sólo el producto de las longitudes de ondas distintas de la luz, por ejemplo una hoja intrínsecamente verde puede ser percibida de maneras muy distintas, por tanto cuando nuestro cerebro elabora un color lo hace a partir de varios ingredientes que recibe de las señales visuales.
Dentro de nuestros ojos unos sensores reaccionan ante la llegada de los rayos de la luz, sólo tres tipos de receptores son necesarios, los que captan las ondas del rojo, del azul y del verde, para percibir toda la gama de colores, es decir, de mezclas de luz. Es el mismo sistema que se utiliza para obtener los colores en televisiones y pantallas de ordenador.
Existen dos tipos de células receptoras, tenemos 120 millones de bastoncillos y 5 millones de conos en cada retina humana. Los bastoncillos absorben la luz de todo el espectro visible, sin embargo no reconocen las distintas longitudes de onda ni por tanto los colores, y son sólo capaces de informar al cerebro de si hay luz u oscuridad. Estas células son las que empleamos para ver cuando la iluminación es escasa y por eso, en estas condiciones, nos cuesta tanto distinguir los colores.
Los conos se clasifican en tres tipos según su sensibilidad a la luz azul, verde y roja. Los conos de luz azul son menos sensibles que los otros dos tipos y esa es la razón por la que cuando está muy saturado nos parezca relativamente negro. En último término esto podría explicar la reticencia histórica de diferentes culturas por considerar al azul un color. La combinación de estos tres tipos nos dan el resto de colores que contienen la luz, sin embargo el ojo humano hace algo más que captar longitudes de onda, es sensible también a la intensidad del rayo, es decir, a la cantidad de fotones que recibe, a eso lo llamamos brillo. Y especialmente sensible en particular a la longitud de onda del amarillo y por eso nos parece más brillante que el resto de colores.

http://campusvirtual.unex.es/cala/epistemowikia/images/thumb/e/ec/Fotopicos.png/288px-Fotopicos.png

Así nuestro cerebro construye algo llamado gris cuando nos llegan todas las longitudes de onda juntas pero a medio gas, luz blanca poco intensa. Y construye marrones cuando lo que recibe son rayos amarillos o naranjas a medio gas, poco brillantes, una especie de gris sucio salpicado de esas longitudes de onda. Pero además los rayos de los colores también se mezclan con la luz blanca, obteniéndose percepciones como el rosa, que no es más que rojo poco saturado, es decir, no puro.
Existen miles de colores producidos por estas combinaciones que nos resultan difíciles de catalogar, en cambio quizás una intuición nos ha llevado a lo largo de la historia a identificar fácilmente a los colores más puros.
¿Dónde acaba un color y comienza otro? Nuestras retinas son como una paleta de infinitas posibilidades, somos nosotros quienes creamos el color.